Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis, porque para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha”, Miguel de Unamuno. Salamanca, 12 de octubre de 1936.
Nuestro fútbol vive, cada vez más de manera más acusada en España, con una ideología resultadista. Vencer significa convencer. “Los resultados mandan” es frase que viaja de boca en boca, de presidentes a secretarios técnicos, de porteros a delanteros, de hinchas a forofos. Es el levantamiento de hombros del seguidor resignado. El “hemos ganao, han perdió” de cada día. El convencimiento pasa por la victoria, no hay más salidas a este laberinto que se enrosca como enmarañada madeja, tejida por unos medios de comunicación que prefieren cultivar lo simplón y obvio cuando toca hablar de la épica de la bota y el esférico.
El ganar lo ocupa todo, enturbia y embota las cabezas de los clubes hasta el punto de llegar al esperpento. Las urgencias urgen y vuelven a quemar antes de sanarse. ¿El paradigma? El Real Madrid contemporáneo. Con todo lo que engloba: directivos, jugadores, entorno comunicativo, aficionados, simpatizantes y, por supuesto, su actual entrenador. El lema que le ha hecho más daño al conjunto blanco en su época más reciente -la que parte con la destitución de Vicente del Bosque a finales del curso 2002/2003- es la que comienza con eso de que “la exigencia dentro del mejor club de la Historia es máxima” y acaba con aquello de que esta entidad “tiene que ganar siempre”. Una trituradora de carne dispuesta a trinchar su propia historia en busca de las migajas de victorias sin convencimiento.
Miguel de Unamuno dio apoyo a la Guerra Civil en un primer momento. Dos meses y medio después del alzamiento militar, cuando Francisco Franco cerraba los flecos contractuales para convertirse en el Mesías del bando nacional, el filósofo e intelectual bilbaíno se arrepintió de su soporte al ejército fascista en el conflicto bélico español. Por repulsa a los desmanes de la parte más radical del sector republicano, Unamuno espetó aquello del “venceréis, pero no convenceréis” a Millán-Astray, fundador de la Legión y núcleo duro del núcleo duro de lo que posteriormente se conoció como franquismo. ¿No vio Unamuno el precio a pagar para frenar lo que no te agradaba?
Preguntarle eso al profesor vasco es imposible, hace tres cuartos de siglo que cría malvas. Hacerlo, por ejemplo, a los medios de comunicación madrileños (especialmente, los deportivos) y, por ende, a buena parte de la afición merengue es posible, incluso recomendable. Vencer no es convencer, ganar al Fútbol Club Barcelona no es borrar su legado. Confiar en un ganador, en un Maquiavelo de los banquillos -por aquello de que el fin justifica los medios-, es como poner a un señorito terrateniente al frente de una cooperativa con cien años de historia. Aunque nos podríamos remontar a su fichaje (Mourinho fue alabado públicamente hace dos primaveras por eliminar al Barça poniendo un autobús en una portería del Camp Nou y subir encima a todo un Inter de Milán), el madridista militante y oficialista, cegado por la rabia, pareció abrir los ojos en el partido de ida de los cuartos de final de Copa del Rey. Por una vez, dio la impresión de que consideraba que la felicidad no radicaba tan solo en imponerse en el marcador.
¿Innovó el luso en su disposición táctica en ese duelo? ¿Traicionó a su estilo sacando un planteamiento nunca visto en el Bernabéu en los encuentros ante su máximo rival? ¿Dio la impresión de renunciar por primera vez a pasar una eliminatoria? El partido, pisotones a parte, fue un calco de ese ‘play-off’ ficticio que jugaron los dos clubes la pasada campaña en un abril enloquecido y trufado de clásicos en Liga, Copa del Rey y Copa de Europa. ¿Qué cambió para que el madridista -incluida la figura del periodista de cabecera, retratado en su arribismo- hiciera saltar la banca de la paciencia con esta derrota? Como un resorte, la satisfacción de la victoria sin honor explotó en mil pedazos, precisamente, por propia la falta de victorias. Entonces, el Madrid (y todo lo que le rodea) pareció acordarse de términos como ‘estilo’, ‘cantera’, ‘deportividad’ o el tan manoseado ‘señorío’.
Medio resucitado, el viejo Madrid saltó al Camp Nou con el traje de gala de las grandes ocasiones. Lo lució, bailó como antaño y a punto estuvo de ser coronado como el rey de la fiesta, metiendo al Barça en camisas de once varas que los catalanes hacia tiempo que no se probaban. Incluso, aunque no se cumplió con el objetivo deportivo, el mensaje oficial es que el Real ha salido reforzado de la eliminatoria por haber evidenciado en la vuelta una lista de valores que se le suponen intrínsecas, pero a las que renunció hace tiempo. Conjunto de virtudes que acaban desembocando en convencer para después vencer. En este caso, a va antes de b, no hay huevos ni gallinas en este juego. El problema blanco reside, básicamente, en haberlo fiado todo en un profesor al que no le importa copiar o acusar que su compañero le permiten copiar (léase, que le favorecen los árbitros) con tal de demostrar que el abecedario comienza por la z.
El Madrid ficha a los mejores alumnos y recita como un loro, pero acaba tartamudeando. Quizás porque su estigma es enfrentarse a un adversario dirigido por un tal Pep Guardiola, que sabe desde que estudió parbulitos en la Masia, que las letras tienen un orden lógico, que no entran con sangre y que más vale perder con buena caligrafía, que ganar a base de borrones. En esa libertad habita el derecho a la lucha del que hablaba Unamuno, donde nace la persuasión del tiki-taka que ha hecho a este Barça campeón moral, premio que nace en su juego y acaba en sus formas, pasando por la composición de una plantilla llena de aplicados párvulos.
Sin embargo, el equilibrio es frágil y durará tanto como la entidad blaugrana, y todo lo que la rodea, sepa asumir que, para ganar, hay que saber perder. Justo lo que ha extraviado el Madrid, entregado como el filósofo, a los brazos del beneficio fácil y estéril del resultadismo para frenar, como sea, al enemigo. Batalla psicológica donde el complejo acaba matando al acomplejado. En ese aspecto, el Real hace tiempo que no quiere darse cuenta (Florentino Pérez a la cabeza) de que recostarse un ratito en el diván no le vendría mal. El Barça no necesita visitar al loquero, de momento. Mantener la filosofía de que el convencer es el origen y el vencer la consecuencia será su gran victoria cuando lo segundo empiece a escasear. ¿Será capaz de ello o caerá en los vicios de su enemigo?



















Vivimos en la época del zapping, las cien abiertas pestañas abiertas en el navegador y la comida rápida. Así nos va.
Gran artículo que invita a la reflexión Pablo.
Tremenda verdad, clara y dolorosa para quien vive esa realidad de negar la evidencia. Convencer para vencer, gran tantra que en el fútbol suena a sueco. Curiosa realidad la del equipo blanco que vive en la oscuridad de no ver que su más aventajado promotor, Don Vicente, fue despedido por hacer lo que actualmente hace Guardiola, salvando la consideración de que ambos son distintos en sus criterios, pero similares en su filosofía de club y en sus vivencias profesionales.
Gracias por el momento reflexivo que acompaña al final de esta lectura.